Atravesé las puertas del convento y una sensación de bienestar se apodero de mi. Cuando baje las escaleras me sentí transportada, el Claustro del Convento del siglo XVI, se erguía majestuoso sobre sus columnas renacentistas, el empedrado granadino dibujaba en tonos grises un arte antiguo y el agua del surtidor gorgoteaba sobre la fuente de piedra. Tras la balaustrada del primer piso se vislumbraban hermosas imágenes en sus frescos y las preciosas cortinas de esparto guardaban sobre sus faldas la entrada al refectorio.
Al entrar, una mirada al cielo me descubrió un artesonado que habrá observado el pasar los siglos, habrá escuchado las lecturas desde el púlpito que acompañaban a las monjas en sus almuerzos y sentido en sus carnes los aromas de las frugales raciones degustadas. Lejos de esa imagen fría y austera típica de los refectorios nos recibe una sala iluminada calidamente y decorada con un gusto exquisito que rememora su pasado.

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