Nuestro mundo se encontraba inmerso en una oscura desidia,
los nubarrones se cernían sobre nuestras cabezas amenazando lluvia de
malestares, crecidos en innumerables batallas perdidas. Eran tiempos de
penuria, tristeza y desolación.
Por doquier nos atenazaban malos augurios que hacían
nuestros días estresantes, repetitivos, faltos de toda emoción. Todos los súbditos
del reino estaban temerosos, habían perdido la esperanza y algunos, los más
débiles habían sucumbido y abandonado la lucha para siempre.
Pero la fortuna nos deparaba una experiencia que nos salvaría de nuestra anodina realidad, hasta nosotros llegó un edicto de la Bella Helena, gran Dama de Almuñécar, en el cual nos invitaba a formar parte de una cohorte de mensajeros. Ella nos enseñaría su reino con todas sus maravillas, nos haría disfrutar de sus exquisitos manjares, sus hermosos paisajes y su acogedora gente y nosotros nos encargaríamos de difundir esa magnifica experiencia por el mundo.
Pero la fortuna nos deparaba una experiencia que nos salvaría de nuestra anodina realidad, hasta nosotros llegó un edicto de la Bella Helena, gran Dama de Almuñécar, en el cual nos invitaba a formar parte de una cohorte de mensajeros. Ella nos enseñaría su reino con todas sus maravillas, nos haría disfrutar de sus exquisitos manjares, sus hermosos paisajes y su acogedora gente y nosotros nos encargaríamos de difundir esa magnifica experiencia por el mundo.
