Sunan dirigió la barcaza al centro del mercado flotante mientras su abuela abanicaba las frutas con las cañas, para espantar a los mosquitos. Al entrar al canal, el olor de las frutas que llevaban en la barca, se mezclaba con la infinidad de aromas que flotaban en el aire. Aromas suaves y aterciopelados que acariciaban el olfato y otros picantes que repiqueteaban las fosas nasales provocando estornudos, aromas frescos e intensos de las variedades culinarias ofrecidas por los mercaderes. Era una amalgama de sensaciones que despertaba y asombraba los sentidos.
Múltiples frutas con una gama cromática inigualable decoraba barcas y tenderetes colocados a los lados del canal. Las barcazas se convertían en puestos de comida, en los cuales se preparaban variados alimentos que hervían en sus grandes woks. Pescados, carnes, frutas, especias y muchos artículos de todo tipo se asomaban al canal y navegaban por las aguas del rió Chao Praya.
Era una mañana de mercado en la cual los lugareños compraban y los turistas los imitaban y abrían sus ojos y sus sentidos ante tantos productos de los que nunca habían oído hablar. Disparaban sus cámaras sin parar porque allí todo era especial y hermoso, atractivo y exótico
La barca de Sunan tenia un surtido de frutas paradisiacas y su abuela Raylai preparaba en un gran bol un arroz con un sugerente olor a coco. Me acerque a la barca y la maravillosa sonrisa que distingue a los tailandeses me dio la bienvenida. Sunan junto sus palmas, agacho la cabeza y señalo el arroz, yo imite el saludo y asentí. Su abuela tomo una hoja de plátano y deposito en ella el arroz glutinoso, le añadió unos trozos de mango y esparció por encima unas semillas de sésamo.
El chico me lo paso y llevándose los dedos agrupados a sus labios me invito a probarlo, lo hice y su delicioso sabor me hizo sonreír, Kop Koon!! le dije a Sunan, que feliz, cogió su remo y continuo con su tarea. Me quede sentado viendo como se alejaban y disfrutando del momento y del arroz.

